Cuando la conocí / Deep Madrid 4/82

Ana estaba en la casa de Eli, haciendo pan para el comedor popular, yo pasaba a buscar a Adel para ir a la casa de Carla, y me quedé con ellas cocinando hasta la madrugada. No podía dejar de mirar a Ana. Ese día, Adel hizo el trabajo por ambos. 

A partir de ahí, trataba de cruzarme con ella en la biblioteca donde trabajaba; en el mercado donde hacía las compras; en el comedor donde atendía a los niños del barrio. Siempre la veía rodeada de gente. No me animaba a pedirle de tomar un café a solas, a ver si me tomaba por un acosador.

Ana tiene un hermano mayor, Lucas, con una discapacidad grave, un retardo en el desarrollo. Ana había cuidado de él durante años, aprendiendo a comunicarse, a hacer una conexión con él, y había formado un vínculo único. Lucas y Ana habían sido separados de su familia; el padre había muerto; la madre, adicta al shabú, entraba y salía de la cárcel. Aparecieron los servicios sociales, cuando todavía eran sociales esos servicios, y se los llevaron a ambos niños. Ella que era una pequeña bebé, y Lucas, que tendría 3 o 4 años cuando eso sucedió.

Esa tarde, la esperé a la salida de su turno en la biblioteca. Fuimos al bar de la esquina de la que había sido la calle Antonio Leyva. Nos miramos cursivamente, con el alma desnuda y hablamos de cómo habíamos terminado donde estábamos. Le hablé de mi hija, Aitana, de cómo le encantaba cocinar, de su audaz sentido del humor que vuelca a diario en el periódico que dirige. 

Ana me habló de su hija, de la forma en que ella tarareaba y reía. La pequeña, como Lucas tenían el mismo síndrome, aunque el de la peque era mucho más severo. Me dijo que era hermosa en su singularidad. Comimos una ensalada y bebimos vino tinto y hablamos y hablamos, y hablamos, solo por un rato, porque éramos demasiado tímidos para vernos hasta esa noche, al igual que habíamos sido tímidos, cuando nos conocimos, en la cocina de Eli. Teníamos que decirnos quiénes éramos, dónde habíamos estado y quiénes íbamos a ser antes de abrasarnos de emoción. 

Nuestros cuerpos hablaron un lenguaje mucho más fluido que las mil palabras del bar. Fue instantánea nuestra comunicación apenas nos empezamos a tocar.

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