El chico de los recados / Deep Madrid 9/82

Soy extrovertido, perezoso y hasta torpe. Mi mayor fortaleza es la capacidad de parecer feliz en una habitación llena de extraños, y mi mayor debilidad es la incapacidad de ser feliz en una habitación llena de extraños. Pasé toda mi vida adulta en situaciones en las que trabajaba con otros, interactuando con otros, saliendo de mi camino para ser acogedor con los demás.

Hice una estúpida crisis, se me ocurrió una vez que tenía que ser más egoísta, aprender, por ejemplo de los funcionarios, y no me sentí bien conmigo mismo, me sentí eso, estúpido. No quería llevar mi estabilidad emocional, a otro nivel. Prefería ese poco de insatisfacción a renunciar a mis creencias, un tanto ingenuas, sobre la presunción de inocencia del individuo. 

Quería ser una mejor persona, quería ser mejor de lo que soy ahora. Quería ser mejor y quería ser bueno para un futuro mejor. Pero no quería vivir esta vida. Quería vivir la vida que quería que mis hijos y nietos quisieran vivir. Quería vivir la vida que quería que vivieran los nietos de mis hijos. Y lo primero que me golpeó fue el mundo en el que vivo. Es el mundo que una vez elegí al no hacer nada en su momento. Ahora trato de compensarlo. En mi vida, siempre he sido así. No quiero ser nadie más. No quiero ser nadie más, pero quiero dejar la mejor marca que pueda.

Hasta que conocí a Carla…

No me había dado cuenta de que había dejado a otros elegir por mí. Que mi desidia era incentivada por la publicidad oficial.

Carla me sembró el bichito de la autonomía mental, del análisis crítico que el gobierno me había sesgado. Sin duda, entrelazarme con otros que pensaban parecido hizo que me afianzara en esta suerte de sed justiciera. Podíamos resistir el avance del gobierno sobre nuestras libertades físicas y mentales.

Amaba poder colaborar con Carla y Aitana, soy uno de los Raiders que distribuye el periódico, el chico de los recados. Cada nuevo éxito en sus misiones, eran para mí otro éxito. La resistencia crecía día a día. El aporte de Aitana a través de su periódico, hacía que más gente se sumara al ejercicio de pensar. 

No tenemos que cambiar nada, solo potenciarnos. Todos somos diferentes y necesarios para aportar distintos puntos de vista. No tenemos que cambiar nada que no entendamos. 

Después de cada día de trabajo, estoy agradecido por eso. Si puedo cuidar de mí mismo, sé que puedo cuidar de los demás. Qué felicidad da el poder pensar.

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