Encuentro en la Plaza Mayor / Deep Madrid 10/82

Juana, la profesora prohibida de Historia miró el antiguo mapa en sus manos y se sintió ilusionada, casi tanto como antes del inicio de la pandemia.

Se acercó a la ventana y reflexionó sobre su agradable entorno. Siempre le había gustado el Madrid histórico, el Madrid Central, la puta avellana, con su arquitectura perfectamente conservada, sus calles empedradas donde era muy fácil imaginar a Goya caminando, las batallas de la Guerra Civil, escenas taurinas o el ruido de los carruajes. Era un lugar que fomentaba su tendencia a sentirse nostálgica. 

Entonces reconoció algo en la distancia, o más bien a alguien. A la hora prevista la figura de Carla se acercaba. Carla era una chica muy conocida en el distrito resistente de Carabanchel, con unos ojos despiertos y brazos tan flacos como inútiles, que no le quitaban poder de acción. Ella junto a Juana ayudaban a los vendedores ambulantes ilegales, a escapar de los funcionarios que los buscaban para deportar, ofreciéndoles un hogar para esconderse. Generalmente el suyo.

Juana tragó saliva, miró su propio reflejo en el cristal del bar.

El sol brillaba opaco y lento como tortugas bebiendo, lo que sorprendió a Juana. El sol siempre era casi letal al mediodía del verano en la Plaza Mayor, en cambio hoy, más que nunca, estaba casi oculto por la calima. Todo estaba teñido de amarillo. Era como respirar el Sahara.

Cuando Juana salió y Carla se acercó, pudo ver el destello en sus ojos.

Carla miraba con la alegría rota de los peluches que le cortaron en cubitos. Ella dijo, en voz baja: “Me asusta esta calima, nunca me voy a acostumbrar a su insistencia, esta vez ya llevamos dos semanas seguidas”.

Juana miró hacia atrás, aún más sorprendida y todavía apretando el antiguo mapa. “Carla, tengo un nuevo encargo y me voy donde nace esa calima que odias”, respondió evitando decir palabras prohibidas.

Se miraron con sentimientos confusos. Nada podían decir en voz alta, sabían que la seguridad era extrema, su conversación parecía casual aunque sus miradas cruzaban otro lenguaje, otro mensaje. Eligieron cruzarse allí, en la boca del lobo, porque quizás allí tuvieran una oportunidad.

Cuando Carla expresó en palabras su alegría y felicitaciones, Juana entendía con la mirada, la profunda tristeza de esa despedida. Sin abrazos (tampoco estaban permitidos), solo palabras a, por lo menos, dos metros de distancia. Juana mostró sus grandes dientes a modo de sonrisa mientras con la mano secaba las lágrimas de la despedida.

Un cruce breve, eficaz, con nudos en la garganta y expresión reprimida. 

Si hubieras sido un testigo casual, solo habrías visto un par de mujeres que se saludaron cortésmente al pasar.

Entonces Carla entró para tomar un buen trago de cerveza, eligió una muy amarga.

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