Los abuelos de Aitana / Deep Madrid 16/82

Amaba las noches en que para dormirme, mi madre me contaba cosas de su niñez, historias de los abuelos.

Los abuelos vivían en el campo. En una preciosa finca. Su padre era granjero. Su madre era experta en conservar verduras y carnes. Sus padres trabajaron duro, no porque lo eligieran, sino porque entonces era normal que así se hiciera. Trabajaban de sol a sol, eran felices. De vez en cuando los asediaban, de una temporada a otra, los asedios eran continuos. Un verano los ataques se hicieron violentos y seguidos, era insostenible para una familia. 

Abandonaron la finca que era imposible de seguir defendiendo y migraron a la ciudad, en busca de resguardo. Mi madre no tenía muchos recuerdos de esos embates; Los abuelos se lo fueron contando a medida que fue creciendo.

Empezaron de cero, sus padres le contaron que saltaron a un terreno cubierto de malezas, oculto entre edificios. Invisible a los ojos de los vecinos, escondido atrás de una pared amarillenta. Despejaron la tierra y allí nomás, montaron una tienda de campaña. El camino había sido durísimo y esa primera noche a salvo, fue una delicia. 

A la mañana siguiente, su padre, empezó a buscar trabajo y a juntar materiales que se iban acumulando a la vera de una antigua factoría, muy cerca de donde estaban. Su madre esa misma mañana, a trabajar en la pequeña parcela, había traído el principal capital de cualquier empresa: sus semillas. 

Con la rutina instalada, el paraíso se iba construyendo. Por la mañana trabajaban ambos, y mi madre iba a la escuela. Por la tarde, todos hacían la casita.

Aitana, hija querida, me decía mi madre con cariño, antes de dormir, me gustaría que ellos estuvieran aquí para disfrutarte. Estarían tan orgullosos de nuestros esfuerzos. No es que sea importante estar orgullosos, pero lo estamos mi pequeña gran Aitana. Tus estudios fueron brillantes, tus escritos tienen la luz del fuego santo, tu periódico es aguerrido y lleno de esperanza.

¿Te has dado cuenta de lo que hiciste en el mercado de granjeros cuando explicabas las ventajas del cultivo urbano cómo aliado en vez de enemigo?.

Es como poder soñar una situación que mejore el presente. ¿Sabes lo que hiciste? Hija querida, eres el sol que desea toda madre. Estás redimiendo el oficio del granjero.

En cada cosa que emprendía, que hacía o estudiaba, mi madre me alentaba y motivaba.

Sabías, Aitana, que la granja de mis padres estaba en las afueras de la ciudad, donde habían estado viviendo toda sus vidas. No habíamos oído hablar realmente de la aldea de donde vivían nuestros antepasados, ni habíamos conocido toda esa historia. Resulta que vivimos allí, muy cerca, durante más de mil años, siempre pensamos que las personas que vivían cerca eran nuestros familiares aunque sea indirectamente. No sería considerado realmente un pueblo, era más bien una congregación familiar.  Todos los días caminaba por allí, las casas eran hermosas, la gente era amable, teníamos la oportunidad de echar unas risas en el bar de David. 

Había muchos lugares hermosos alrededor de nuestro pueblo que eran mucho más agradables que las casas en las que vivíamos. La gente era tan amable y todos se conocían y pasábamos las fiestas juntos, en una mesa tendida en medio de la calle principal. 

No tengo muchos recuerdos de aquellos días, pero sí recuerdo que en casa de mis padres teníamos un bonito granero viejo donde vivía mucha gente hasta que el fuego lo destruyó y lo trasladaron a la sala de estar para que pudiéramos quedarnos allí. No eran personas que conociéramos. Eso es lo que recuerdo, mi pequeña Aitana. Lo que recuerdo y lo que me transmitieron tus abuelos.

Si me parece seguir escuchándola. ¿Dónde estás madre?

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