Camiseta de moda / Deep Madrid 20/82

Tienes que saber por qué hay gente como tú, que aunque están provocando rencillas de manera continua, interrumpiendo la rutina, impugnando todo esfuerzo por mantener el status quo, no son tomados en serio.

A algunas personas les gusta pensar que están al otro lado de esa resistencia, hablo de los funcionarios, porque creen que es lo correcto, y te ven como una romantización del guerrillero. Claro que no te ven como a los rebeldes y peligrosos del sur, más bien te ven como una estampa del Che en una camiseta nueva. La resistencia no se hace desde un confortable piso en El Viso. ¿Alguna vez cruzaste el río Manzanares?. Claro que no, en tu vida siquiera lo has visto.

Tus vecinos te conocen desde pequeño, y conocen a tus padres desde que ellos mismos eran pequeños, y no van a dejar de apreciarte. Que pelees con todos, no hará que cambies el curso de la historia de este distrito. A lo sumo, con actitudes agresivas, te recluyen o te incorporan al sistema. Generalmente esto último.

En estos barrios, hay varios como tú, la mayoría termina como funcionario. Nacieron y crecieron en el mismo sitio sin incluir a ninguna otra persona. Solo el grupo social permitido por el gobierno. 

Pero en el fondo, eso ya lo sabes. Eso es lo que te pasó. Estabas en la calle. Estabas en un pasadizo, un callejón. Te dieron un garrote y cuando vistes al inmigrante huir de los funcionarios… o vistes al indeseable correr y te dieron un garrote… Lo perseguiste con la furia inconsciente de tus pocos años. 

Claro que vistes a los funcionarios, claro que alcanzaste al prófugo, con tanta rabia juntada. ¿De dónde salía esa rabia? ¿Y ahora qué? El chico estaba acostado, vencido, acorralado, allí tendido boca arriba, jadeando por la falta de aire y por el miedo de haber sido cazado, lo tenías a merced y los funcionarios no te iban a detener, te conocían de toda la vida.

Te dieron un garrote. Él estaba allí y lo golpeaste. Los funcionarios te arengaban para que uses con más fuerza tu nueva arma. Ya no veías nada, la presa, un chico no más grande que tú, echaba sangre por la boca, la nariz y hasta por las orejas. Seguías pegándole, seguiste un rato largo, ni los funcionarios se quedaron. Estabas solo y seguías golpeándolo. Tu camiseta con la imagen del Che olía a cacería. Que bien que se sentía.

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