La investigación de Aitana / Deep Madrid 29/82

Cuando empecé a escribir la investigación sobre la desaparición de mi madre la llamaba “Encuentro”, como renunciando a que esa búsqueda quedara vacía o con un cierre que no deseara. 

Desde las primeras páginas interpelaba a mi madre, ¿Por qué los viajes más allá de la M-40? ¿Por qué los encuentros furtivos con funcionarios en los Jardines de Sabatini? ¿Por qué la licitación frustrada del papel? ¿Por qué el enlace con la resistencia de Arganda? 

Con la interpelación del trabajo venían los recuerdos familiares, de verla cocinando, contándome cuentos junto a la chimenea. La casa siempre estaba llena de gente, desde la mañana a la noche, el timbre no paraba de sonar. Al principio el periódico salía de ahí, de la cocina con café con leche. Mi madre siempre fue la primera en ofrecerse a colaborar con quien lo necesitara. 

Me entusiasma cada pieza de información que voy descubriendo, casi que la estoy por alcanzar. Todos los días aprendía que ella tenía un gran corazón y su trabajo era un gran trabajo. Este gran corazón, como el de tantos, la llenó de amor.

Estuve en varias casas intermedias para recoger algunos testimonios. Eran casas de aspecto cuidado y austero. Con olor a horneada de pan. Agradables. Cálidos. Cuando entrabas a uno de ellos parecía que el gobierno no existieran. Amigable, con los patios llenos de niñas y niños jugando. Los mayores recordaban que ella era muy generosa con su tiempo. La veían a menudo en el comedor de la residencia, ya sea para comer o echarse alguna partida de dominó o darles clase de español o inglés. No había nada ni nadie en estas casas que fuera desagradable. Se lo pasaban bien. Aquí el paso del tiempo, y toda la Gran Partición parecía que no sucedía.

Las casas intermedias son casas de paso. El primer lugar seguro donde quedarse el tiempo necesario para recuperarse física y emocionalmente. Luego, la misma resistencia, ofrecía dos o tres opciones en las que pensaba que la gente que huía podía empezar una nueva vida. 

Investigando di con las casas de grupo, generalmente en el cordón interno, pegadas a la M-40. Pero esas eran de corte activista. Hacían las veces de hospital de campaña, de reparto del periódico, almacén de armas, y comestibles. Un búnker con todas las letras, capaz de resistir cualquier tipo de ataque, tanto del gobierno en alguna redada o de las pandillas de la zona. Conocí muchas de estas casas, porque el camino de mi investigación sobre el paradero de mi madre, me llevó hasta varias de ellas.

La gente que entrevistaba, toda muy afectuosa, pero el resultado seguía siendo el mismo, un día desapareció.

Mi investigación llegó hasta una finca en medio del campo, lejos de todo camino. La persona que me recibió tendría la edad de mi madre, pero parecía mucho mayor. Tomamos té de flores en su porche. Pasé allí un par de días, tomando apuntes de todo lo que decía. Descubrí que Adel era su amigo de la infancia. Contó muchas historias de mi madre. Prometí regresar al próximo año con más tiempo para ayudarle con el huerto.

Cuando regresé al siguiente año, no había rastros de ella.

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