Casa de amigos / Deep Madrid 30/82

La noche del 9 de agosto conocí el infierno. Toda mi vida me voy a acordar de esa fecha, tengo pesadillas recurrentes y siento que ese día cuando salí corriendo del lugar, en cierta manera todavía hoy sigo corriendo. A partir de ese momento, mi vida fue otra, aprecié cada instante como si fuera el último porque a lo mejor realmente era el último. Uno nunca sabe.

Estaba de pie frente a la casa de mis amigos haciendo un trabajo fotográfico con ellos. Un poco nerviosa, por primera vez me gustaba un chico y encima era de la clase, y estaba ahí, frente a mí. Luego de la tarea, todos íbamos a bailar. Marcada por la ansiedad de quizás el primer beso, los iba apurando. 

—Vamos, vamos, terminemos con esto y vayamos al club de una vez. Luego entré en la casa a por un vaso de agua y a retocar el maquillaje, el amarillo tiene eso, no aguanta mucho tiempo y hay que retocarlo. 

Escuché una voz desde el fondo de la cocina preguntando —¿Por qué había tanto ruido?. 

Más contenta no podía estar, rápida, le respondí a los gritos, para que me escuche, sin salirme del espejo del baño, —¡Qué nos vamos al club!, que ya terminábamos la tarea. 

Eran muy serios los padres del chico que me gustaba, me daban un poquito de miedo; El piso era en tonos de ocres, eran dos familias las que vivían allí. Mi mamá siempre me decía que no viniera por aquí. Pero es que estaba tan enamorada, que no le hacía caso.  

Rafa, el chico que me gustaba, tenía una hermanita, me puse a jugar con ella mientras los esperaba, porque todavía seguían en la calle.  Recuerdo que armamos una torre tan alta como yo con unos cubos de cartón. Ya me estaba aburriendo cuando empecé a pensar en los pequeños, como Eve, la hermanita de Rafa. Siempre parecen estar de humor para jugar a lo que sea, están ahí contigo, atentos, voraces de aprender. Tienen como una canción en sus cabezas, una cadencia feliz. A veces están jugando solos, y puedes intuir su enjambre de nuevas asociaciones, bellísimas tormentas eléctricas mentales. Y estaba reflexionando en ello, y saboreando su felicidad. Se lo pasan muy bien. Y yo ahí aburriéndome, no, algo no estaba bien. Tendría que divertirme a toda hora, con lo que sea, como su hermanita.

De la nada, el papá de Rafa dejó su café, se levantó, cogió a la más pequeña por la cintura, la sentó en su regazo y le arrancó el brazo salpicando todo con sangre mientras su madre seguía mirando la tele. Luego, le comió la cabeza de varios mordiscos.

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