La primera casa de grupo / Deep Madrid 39/82

Solo era una mamá llevando a mi pequeña en medio de un campamento de verano para muchas niñas como ella. Tampoco había diferencia entre esas mamis y yo. 

Por alguna razón, quizás el café horrible que me acababan de servir, me llamó la atención y me dediqué a observar a mi hija, y a sus pares. Y lo que vi fue mucho más que un montón de niñas jugando cada una en su burbuja. Se me heló la sangre. 

Las vi en sus propias tiendas, en un solipsismo doloroso, aisladas unas de otras; Niñas que no interactuaban. Niñas con una mirada perdida hacia la otra, nada de comunicación. Esa nada, fue como un cuchillazo. No había separaciones físicas, no hacían falta, el protocolo se cumplía a rajatabla. Fue como una lluvia helada en medio del calor de la siesta, inoportuno, pero bienvenido ¿Cómo sucedió?

Volví sobre mis pasos para recoger a mi pequeña, y regresamos a casa. No preguntó. No protestó.  Esa falta de interés fue como otro cuchillazo. ¿Qué había hecho? Renuncié al trabajo, nos mudamos de casa, nos fuimos a un pequeño piso frente a la pradera de San Isidro y organizaba encuentros diarios con otras mamis y sus niñas y niños que tampoco iban a las escuelas oficiales.

Fue una etapa maravillosa la de ir viendo como iban despertando, interactuando unas con otras. Gritaban bastante y cada vez protestaban más cuando algo no les gustaba. Amé los berrinches.

Con tanto tiempo en la pradera, en la calle, empecé a ver gente durmiendo a la intemperie, o sobre construcciones precarias indignas. Yo también me estaba despertando

Cuando armé la primera Casa de Grupo, fue un poco difícil. No existía nuestra red de defensa, tampoco el sitio se construyó tan rápido por no tener ninguna experiencia en terreno. Nada, pero otro tipo de nada, La nada a conquistar de pioneras en vez de la nada de las lobotomizadas. La revisión había comenzado.

Primero hice una ligera investigación para encontrar un lugar lo bastante seguro como para encontrarnos, averiguar si alguien quería ayudar. Hacer que la gente se presentara físicamente, para ayudar al equipo fue lo más difícil. Poner el cuerpo es un hábito de lucha tan necesario como el hábito de pensar, de cuestionar o reflexionar.

El proyecto comenzó con un par de entrevistas y luego comenzamos a ver qué querían hacer, cuáles eran sus preferencias. Hice que se inscribieran y los invité a hablar del proyecto solo a sus íntimos. Finalmente tuvimos un par de personas más, y poco a poco la red se iba armando. Al inicio si llegamos a una veintena, sería decir mucho.

En las entrevistas tenías que ser capaz de romper el estado de miedo del otro, pero para llegar a este punto, antes había que hacerles recordar el estado de rebeldía, de crítica, hasta llegar a la confianza recíproca. 

Empezamos a armar un sistema de educación fuera de los parámetros de las escuelas oficiales. Incluimos matemática y filosofía desde el primer ciclo. Y las artes, fueron obligatorias hasta el último de los años.

La biblioteca histórica oculta fue de lo más valorado en la primera casa de grupo, también los raides fotográficos, y el archivo de audios, era mucho más que un poco de información. Es mucho más profundo. El sonido de La Gran Vía abarrotada de coches, las voces en las peatonales como Preciados o Montera, el tráfico de La Plaza Elíptica, los vuelos del Barajas, el metro en la estación de Móstoles, o el tren hasta Aranjuez.

Con las armas, el entrenamiento para usarlas fue mucho más sencillo. Lo que digo, una vez movilizada la gente, lo demás viene solo.

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