Asimilados / Deep Madrid 40/82

Tenía poco más de cuarenta años y mis padres se estaban muriendo. Nadie podía explicar el por qué de la muerte de los ancianos, pero ocurría aunque no se publicara nada. Se morían sin más. No salía ninguna información en los medios, ni siquiera una mención, un obituario, una foto en la prensa. Habían dejado de verse, los muy mayores, en el transcurso de un año o dos. Desaparecieron de los parques, de los mercados, las residencias y hospitales. Cuando llamabas a un teléfono de emergencia, o de Servicio Social, venía una ambulancia, se llevaba al anciano y ya no volvías a dar con él. No lo podías ver, ni velar. —Se fue a un lugar mejor— te decían y la metáfora, claro que no alcanzaba. Había una cruel omisión a la muerte sin sentido. 

Con la desaparición de los ancianos, desaparecía la memoria de una vida diferente, de un sistema de gobierno al servicio de una sociedad humanista.

La familia de mi padre había estado en prisión durante diez largos años por un asesinato que nunca se cometió. No era posible protestar la sentencia. Cuando mi padre fue a buscarlos a la salida de la cárcel, se sorprendieron porque los habían encontrado bastante saludables. No la habían pasado tan mal, comentaban en el trayecto de vuelta.  Hasta finalizaron los estudios, su hermana hizo el postgrado sobre la síntesis de la materia cárnica y Jose, su hermano mayor, sobre “Cómo reorientar el comportamiento de las abejas durante el proceso de la polinización para que eviten los almendros”.

Quería decirle a mi familia y a mis padres en especial, que adaptarse no necesariamente era algo bueno; más bien me parecía que era terrible. Te adaptas cuando entras en sintonía con el medio en el que estás. Veamos: ¿Vivir diez años en una cárcel de un gobierno que organizó tres grandes desfragmentaciones y el uso de la violencia extrema ejercida por los funcionarios? ¿En serio? ¿No ves que esto es una anomalía? ¿Se renuncia a la conciencia de ser parte de una sociedad depredadora?

La hermana de mi padre me dijo que no era tan malo. Solo te tenías que levantar, comer, asearte, trabajar o estudiar según los horarios establecidos. Los libros de estudios estaban pre-asignados al igual que el grupo de trabajo o la especialidad. Lo mismo ocurría con los temas de investigación: fuentes, recursos y demás, solo los habilitados según tu clasificación y calificación. Según ella, era para ahorrarte tiempo o evitarte distracciones.

Seguí tratando de explicarles a mi familia y a los miembros de su familia que esto era lo peor que podrían haber enfrentado. Habían sido asimilados y se habían convertido en nuestros enemigos.

Duraron poco tiempo fuera de la cárcel, ellos también se murieron. Sin duelo, sin entierros. Simplemente un día en el que no despertaron, vino la ambulancia de los servicios sociales y se los llevó.

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