Los padres de Eli / Deep Madrid 48/82

Estaba sentada en el porche de la casita de mis padres, disfrutando de lo poco que quedaba de la tarde.

Nuestro dormitorio era enorme, teníamos cuatro camas y un baño. La cocina era tan grande como el dormitorio La sala tenía una cortina, con una estampa de bosques nórdicos verde azulados y blancos de nieve; una imagen ovalada que se repetía sobre un fondo color crema. Me encantaba envolverme con esa cortina de textura granulada, mientras jugaba a las escondidas con mis amigas. Ese paisaje se quedó grabado en mi mente como si lo hubiera visitado de verdad, había vivido aventuras extremas en esos rincones, a veces hasta me perdía en sus caminos. Entre esas cortinas me pregunté sobre el infinito, un patrón que se repetía como los hexágonos de los panales o los espejos replicándose. 

Desde mi silla en el porche, mientras apuraba una taza de té de flores del jardín, recordaba el respaldo de mi cama, que tenía dibujado una caballeriza, repleta de ponis. De grande vi que solo eran palotes de lápiz, sobre una superficie rugosa, ¿Cómo podía mi mente jugarme esa pasada? Estaba segura de que mis caballos hasta saltaban del corral. También recuerdo una vieja ilustración de globos aerostáticos, estaba segura de que se movían. Me gustaría seguir viendo objetos fijos y móviles a la vez.

Mi padre hizo esa casita de barro, con sus propias manos. En aquel momento era común hacerlas así. Mis padres apenas sabían español, no había muchos libros en casa con los que pudiera aprender. Una vecina nos regaló una enciclopedia de tres tomos, la Sopena, con fotos de personas, e ilustraciones de animales, me pasaba horas mirando esas imágenes, no entendía de que manera, tantos puntos, podían hacer un retrato, una araña. Claro que las copiaba, mucho antes de aprender a escribir.

La noche se cerraba, y yo sin moverme de la casita de mi infancia. Podía sentir su amigable confort, podía tocar esa seguridad familiar. Recordaba la voz de mi madre cantando canciones viejas mientras impregnaba con el olor de las tortas fritas cuando llovía; y el olor de las rosas que le regalaba mi padre, cada mañana, todavía flotaba en el aire. Eran rosas que él cultivaba para ella, al igual que la huerta de la que vivimos tantos años.

No quedaba nadie, la casa estaba vacía. La muerte de mis padres, era previsible. Todos los mayores se estaban muriendo, y ellos no se iban a escapar, no sé por qué pensé que había tiempo, quizás por lo aislada que estaba esa zona rural, preservada naturalmente de las fumigaciones aéreas. Pero no, también les llegó. 

No estuve en sus últimos momentos, tendría que haber sabido que aquí también iba a llegar esa forma horrible en que los ancianos se dejaban ir.

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