Bloqueo / Deep Madrid 51/82

La primera vez, fue el año pasado, me duró como tres semanas. Ahora se repite, y voy por el mes, a lo mejor es por el otoño. En aquel momento no quería ir a la escuela, no sentía que tenía que hacerlo, me parecía un esfuerzo inútil, como ahora otra vez. En el instituto, no me sentía cómodo hablando con algunos compañeros que parecían disfrutar cada hora en el aula, cada recreo, parecían tan felices. 

No, no quiero ir a la escuela, por las mañanas, prefiero pegarme a las sábanas, o estirar el desayuno hasta la hora de la comida. No es que comiera mucho, más bien disimulaba que masticaba. Ahora es peor, no me pasa nada por la garganta. Es tan difícil para mí. He estado en el mismo instituto durante años y años, desde la guardería y sin embargo me resulta cada vez más ajeno a mí. No me interesa nada de lo que se habla allí, es superfluo, inservible, una pérdida de tiempo. Veo la angustia de la maestra, su enorme sonrisa forzada, y cómo aprieta las manos en puño, tiene el guardapolvo arrugado, algo que es rarísimo en alguien impecable en sus hábitos. Veo el sadismo de los tutores, en la saña en golpearnos o humillarnos. 

Si en las clases, hubiera tiro al blanco, aunque sea, o prácticas en el terreno, quizás, sería algo más interesante, al menos, para saber qué se siente. Por lo poco que sé, los compañeros que hacen este tipo de prácticas, las disfrutan mucho. No dicen nada, pero sus caras tienen un brillo especial, están como emocionados, llenos de proyectos.

Mientras paseo cerca de mi casa, faltando a clase otra vez, un funcionario interfiere mi paso, me dice que hay dos hombres en el asiento trasero del coche y que esperan por mí para ir al instituto, que es obligatorio. Cuando voy al encuentro, me sorprende encontrar a un compañero, tutor de mi división. Poco me importa. Mi capacidad de sentir es nula. Cuando empieza a golpearme, no me defiendo. Me grita, me insulta. Yo no puedo articular palabra. Mi mente está muy lejos, siento tu impotencia al no causarme miedo, al no implorarte perdón. Se me escapa una sonrisa, no es que no me duela la salvajada golpiza que me estás dando, es que no me importa. Y estás tan sudado, tan rojo que das risa. No puedes alcanzar mi mente. Estoy a salvo de tus garras. Pero te veo, te leo, tu mente es débil. Si sobrevivo, sé como aplastarte.

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