La planta potabilizadora de agua / Deep Madrid 54/82

Estaba trabajando para una empresa de contratación, en una oficina móvil en medio de Casa de Campo, pegados a la laguna. Esto fue más o menos al mismo tiempo que el terremoto que sacudió al Sur. 

En los nuevos barrios, no había una planta de agua, y teníamos que estudiar su viabilidad en alguno de ellos. Si conseguíamos instalarla, tendríamos una moneda de cambio para presionar la región. El sur, salvo excepciones, nunca pudo ser domesticado y este podía ser el momento.

Me envió mi supervisor que estaba tratando de encontrar una manera de seleccionar un nuevo grupo de trabajadores, con baja paga, casi la mínima permitida por el gobierno. Si no los encontraba, tendría que echar mano a los inmigrantes detenidos, aunque nadie los quiere porque son conflictivos y ni siquiera hablan el idioma.

Todavía estaba haciendo una serie de entrevistas, con mucha gente de toda la región. Estuve muy cerca del punto de decir a algunos, que habría un terremoto en la zona, una ridiculez, solo para que me cobijen. 

No quería volver, me sentía a gusto con esta gente de sonrisa franca. Me entusiasma mucho la idea de trabajar con ellos. Justamente con el último grupo nos quedamos tomando unas cervezas que habían traído. Se fueron cuando ya era de noche. Terminé de cerrar la oficina y me dispuse a cruzar casa de campo en dirección al Club de Campo. Había una cena y no me la quería perder.

Escucho a cazadores furtivos tirando, cada vez más cerca, con tanta mala suerte que la camioneta se atascó de golpe. Me bajé y traté de seguir caminando atolondradamente, no estaba lejos del puente que cruzaba la M500. Los cazadores ahora parecía que venían de esa dirección, subí un poco más como para cruzar en el puente siguiente. Había perros muy cerca. Me agazapé cuando llegué a la fuente de agua de Casa de Vaca, me quedé para recobrar el aliento. Estaba estresado y con miedo. Sin comunicación, todo era bastante incierto. Me quedé dormido sobre uno de los tablones que usan los peregrinos. Al despertar no escuché más que el ruido de los pájaros, ni rastros de perros o cazadores. 

Tomé agua y me puse a caminar hasta Aravaca, de momento, parecía bastante seguro.

Luego supe el entramado que estuvo atrás de mi noche de persecución. Los agentes de la resistencia me tendieron una emboscada no dejándome salir del territorio de casa de campo mientras negociaban con mi gobierno las condiciones del rescate. No solo mío, sino de las condiciones que pedían para instalar la planta potabilizadora.

El general que tenía varios acuerdos con Carla, la lideresa de Comillas, volvió a sentarse a negociar. 

Los resultados, por supuesto que no los conozco. Solo que pude volver a mi piso. Cuando me puse a pensar el riesgo al que estuve sometido, me dio escalofríos. El gobierno me daba por perdido, efecto colateral de la búsqueda de un espacio para instalar esta nueva planta depuradora. No es que esperara otra cosa de ellos, ni de los disidentes. Pero fue demasiado para mí. Renuncié a mi trabajo y me instalé en una casita de Puerta de Ángel.

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