Amor entubado / Deep Madrid 57/82

Tu agresividad comenzó cuando tu madre te dijo que estaba enferma, que estaba tratando de encontrar una solución, pero no encontraba tratamiento posible para su afección. En ese momento empezaste a meterte cada vez más para adentro. Tomó un tiempo averiguarlo. Y cuando finalmente murió, hiciste explosión y volcaste la rabia acumulada en cada acción que iniciabas.

Demasiadas tardes de agonía. Ver a tu madre vomitando todo el tiempo, postrada en la cama. Y luego años de amor, entubada, rodeada de cables en una situación irreversible. No tuve valor de desconectarla, fui cobarde, ahora pienso que para ti hubiera sido más sano terminar con ella y pasar página. No pude, no tuve valor.

Cuando volvía del trabajo, tú ya estabas al lado de ella, cogiéndole la mano, dejándole tu peluche o compartiendo la merienda a los pies de su cama. Me sumaba a la reunión familiar y los ponía al día sobre lo que estaba pasando en el trabajo, en el tren, o con los vecinos, me hacía ilusión que me escucharas tú y tu madre, aunque sea desde la inmovilidad. 

Te va a ayudar a entender, que la enfermedad terminal de tu madre, ha sido una lucha durante la mayor parte de su vida. Ella te lo contó todo. Y ella te contó todos los pequeños detalles que querías saber de ella, te contó sobre su infancia, sus padres, sus libros. Ella te dijo de todas las formas posibles, que no había cura. Podrías ir a otra área de la casa y solo tenías que sentarte allí en el sofá pensando en ello y regresar con más preguntas. 

Ella te lo contaba todo. Era realmente algo para compartir los tres. Luego vimos como se fue apagando, hasta convertirse en una sombra de lo que era. Tendría que haberla desconectado en ese momento, así nuestros recuerdos estarían asociados a una persona activa y amorosa. Sin embargo, esos recuerdos se me borran, tengo en mi mente un cuerpo vacío rodeado de máquinas. Un tedio de limpieza, medicamentos, jeringas y enfermeras apáticas. Un hastío de olores y una imposibilidad de volver a una rutina sin culpa.

Entiendo que si me devoró la enfermedad de tu madre, no evité que te devorara a ti también.

Cuando apareciste con las primeras manchas de sangre, te inventé excusas que ambos aceptamos como ciertas. Era mucho más cómodo seguir ignorando lo evidente, que resolver una situación que me hacía más cobarde. No fui valiente antes, y tampoco ahora. ¿Cómo preguntarte lo impreguntable? 

Las manchas de sangre se multiplicaban, y con ellas mejoró tu comunicación. Era agradable pasar juntos las tardes en la terraza, hablando de nada muy importante. Solo estar. Una vez encontré en el baño de la sala, una navaja manchada en el puño de madera. Sabía que era, que significaba. Pero mi cobardía a cualquier aceptación de la realidad también iba en aumento. Esa vez limpié la navaja perfectamente, al igual que tu ropa, hábito que empezó por esos días. Ya no dejaba hacer la colada a la empleada, la hacía yo mismo, y de una manera ejemplar. Sabía íntimamente que tenía que borrar toda huella, rastro de sangre, ADN o lo que sea que significare.

Tu humor mejoró día a día. Lo otro pasó a ser poco menos que nada. Tu aspecto también mejoró y hasta terminaste los estudios. Con el tiempo los rastros de sangre iban invadiendo la casa. Aparecían manchas en la alfombra, en tus botas, en la cocina.

Tuve que renunciar a mi trabajo porque me llevaba toda la mañana volver las cosas a su sitio. También tuve que despedir a la empleada para que no vea nada fuera de lugar. Además tuve que poner paneles aislantes por los ruidos en aumento de la buhardilla. Era tu taller, tu desahogo. 

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