Horario de oficina / Deep Madrid 58/82

Nunca he conocido a una mujer tan importante, como ella, en la reunión anual, carismática, segura, plena de confianza, sofisticada. La última vez que la vi, estaba en esta sala, fue hace una semana. Al final del horario de la oficina central. Ella estaba allí sentada, con su trajecito Prada y se empezó a poner blanca como un papel, tenía la mirada un poco perdida. Al principio me hice la distraída, no quería parecer entrometida. Todo lo que sabía de ella era que es la número uno en las ventas de seguros en el distrito 01 – Centro. Para mí era pura inspiración, mi cartera de clientes no sale del barrio Imperial, y en esa zona, voy como número cinco. Ella representa todo a lo que aspiro. Qué banal, ¿No? Pero es así, me gusta el lujo y no soy tan idiota como para negarlo.

Me tomé ese momento para pensar. Tenía el tiempo justo para ir a por un bocadillo y luego al cine, pero valía la pena el contacto, a ver si me pasaba alguna sugerencia de éxito, algún cliente que ella no pueda atender. Traté de mirarla, como para hacer conexión para preguntarle cómo estaba. Ella se veía tan abrumada que yo no sabía qué hacer. Pero podría intentarlo. Volví a abordarla. En ese momento vi el hilo de sangre que le escurría desde el oído derecho. 

La oficina estaba desierta, llamé discretamente, a la guardia de la oficina, para que enviaran un médico de confianza a evaluar la situación. Ella no respondía a mis preguntas. Otro hilo de sangre, esta vez de la nariz, le manchaba su blusa color crema en perfecta combinación de texturas con el trajecito, daba por perdida esa blusa, esa mancha no sale más. De la oficina, ya no quedaba ni el guardia.

Tomé sus manos, que estaban muy frías y azuladas, en un gesto de contención, porque otra cosa no se me ocurría hacer hasta que llegara el servicio médico. Dios, que manos tan suaves, y que preciosos los anillos haciendo juego con los delicados pendientes, claro, Prada tenían que ser. Adiós sugerencia, adiós nuevos clientes, adiós bocadillo.

Había visto antes los dedos de las manos de ese color, pero del otro lado de la M-30, allí es muy común encontrarse con adictos a drogas sintéticas de Big Pharma. Hay un rumor de que la farmacéutica paga a sus empleados con sobres con todo tipo de pastillas alucinógenas o estimulantes. Pero “ella”… no creo que esté metida en ese tipo de aprietos. Volví a mirar atentamente sus dedos azulados… mmm ¿Sobredosis? Mmm a ver su clutch, obvio Prada otra vez. ¿Y si lo abro? A ver su teléfono, ¿y si me lo llevo? Podrían pensar que se le cayó en algún momento. Al menos no perdería mi tiempo si podría acceder a sus clientes.

Por fin llegó el servicio de urgencia, los camilleros la recostaron, le tomaron la presión, le hicieron algunas pruebas de luz, de las que parece que tampoco reaccionaba, ella seguía catatónica. Elegantísima pero catatónica. Y se la llevaron.

Me dejaron una tarjeta de la dirección donde la iban a llevar.

Puse un post-it en la pizarra transparente, con la información que me dieron, cerré la sala y me fui directo al cine, todavía podía llegar a la función de la noche. Curiosamente, estaba de muy buen humor.

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