La golpiza / Deep Madrid 59/82

Tuve que ir al hospital porque mi hermano fue duramente golpeado al entrar a la urbanización donde vive, ahí en Legazpi. Cuando llegué, su esposa, ya estaba a su lado. No sabíamos si pasaba la noche. Tenía fracturadas las piernas en tres o cuatro partes, al igual que los brazos, pero esas eran las lesiones menores. Las lesiones más importantes pasaban por una costilla partida que perforó el pulmón, y la lesión craneal. Los salvajes le partieron la cabeza. La tomografía no salía nada bien, ya lo habían operado. Recibió puntapiés y golpes con un bate por todos lados. Estaba en terapia intensiva. Los médicos nos avisaron que hicieron todo lo posible y que ahora había que esperar. Estaba en manos de Dios.

Mientras rezábamos por su mejoría, en el hospital apareció un grupo de desaforados, con pancartas, que pedían justicia. Parecían indignados. Los guardias los acallaron con garrotazos, pero se atrincheraron en la sala de espera y no hubo modo de sacarlos de ahí. Entre sus gritos nos enteramos de las acusaciones que hacían. Fue un puñal al corazón que no podía creer que estaba sucediendo. ¿Qué tragedia estaba ocurriendo mayor que la de tener a tu hermano sin saber si pasa la noche? Poco a poco, entendí que este puñado de personas de edades tan dispares, estaban gritando en medio del hospital, pidiendo que lo dejen morir como a un perro. Que dejen morir a mi hermano, que era eso lo que merecía. 

A ver, si me entero. ¿El grupo que le dio una golpiza de muerte a mi hermano estaban allí? ¿Y la justicia? ¿Y los funcionarios? ¿Y los guardias del hospital? ¿Qué estaba pasando? Me llegaban fragmentos de gritos, que lo acusaban de torturas, de asesinato, de saqueos y hasta de violación a menores. Lo acusaban de ser la peor lacra, agitaban fotos, papeles, que habían hecho denuncias y nunca recibieron respuestas. Intentaron hacer justicia por mano propia, eso era lo que les quedaba, pero muy rápido llegaron las brigadas a socorrerlo. No entendía nada. Mi hermano es un notable funcionario de carrera. Hombre de familia, respetable y respetado.

Por fin llegaron los funcionarios  que desalojaron la sala, manteniendo una fuerte custodia del hospital para evitar nuevas manifestaciones. Mi hermano pasó la noche. Dios nos escuchó.

Desde el gobierno, con alta prioridad, comenzaron a investigar lo que sucedió ordenando al Coronel que solucione de la manera más eficiente cualquier conflicto en esa zona. Quiero decir, ahí es cuando las cosas realmente comenzaron a cambiar. Quiero decir, no sé si las acusaciones eran ciertas, seguramente eran mentiras tejidas por los disidentes del barrio. Desde la misma oficina de trabajo de mi hermano dispusieron hacer la mudanza del domicilio temporal de mi hermano en Legazpi, hasta tanto se resuelva toda la situación. Sería muy difícil y traumático para todos, vivir junto a los autores de la golpiza, junto a los acusadores de unos delitos salvajes, junto a gente alienada que se agolpó en la sala de espera del hospital. 

Al salir del hospital, mi hermano ya estaba realojado en el barrio de Imperial, en una urbanización de puro lujo, levantada en lo que había sido el estadio Vicente Calderón. Hasta hoy día no volvió a caminar, ni creen los médicos que lo vuelva a hacer. El daño en la médula parece que es irreversible. En cuanto a la lesión cerebral, por suerte se recupera rápidamente.

Está muy entusiasmado con volver a su trabajo, quiere volver a su antigua oficina de Legazpi y a su antiguo piso. Estuvo haciendo un curso especial con el Coronel que está a cargo justamente de la zona donde él trabaja. Conoció la famosa Brigada de Herodes, y acordaron trabajar en conjunto. El tipo de violencia que sufrió es inadmisible. 

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