Programa de radio / Deep Madrid 62/82

Hace algunos años, cuando todavía era invitado del programa diario de política, me encontré con un joven que acababa de ser admitido en la universidad para hacer el máster en sociología (o su equivalente, no lo tengo muy presente) y también contratado en la radio como escritor de las noticias. Estaba tan emocionado de conocerme que me escribió una carta de agradecimiento que me dejó en el escritorio junto a una caja de  Montecristo n.º 4. 

Me dio curiosidad, mi cabeza no era más que preguntas. ¿Cómo consiguió matricularse tan joven?, ¿Cómo había conseguido la caja de habanos? Esa marca en particular, agotada hace tantos años. ¿Qué lo hacía tan especial? Si apenas era jovenzuelo delgado e imberbe,  ¿Cómo consiguió que lo contrataran para ser escritor de las noticias? Justamente de las noticias, algo que tenía que resistir el más fino filtro del gobierno. ¿Qué vínculo tenía con las más altas esferas para conseguir todas estas cosas? 

Era habitual en el programa, que haya estudiantes destacados como interlocutores, pero no como escritores adjuntos. Vamos, vamos, aquí hay gato encerrado. Un periodista necesita ser curioso si quiere ser un buen periodista, y yo era muy bueno en ambos. 

Mi mente comenzó a divagar, o bien pertenecía a una de las familias que sostenían económicamente al gobierno, o era genéticamente un genio. Estaba intrigado por lo que estaba haciendo y como lo hacía. No lo dudé y una mañana fui más temprano que lo habitual y me escurrí en su despacho. 

Una vez en su despacho, muy pequeñito por cierto, empecé a fijarme en su grilla de la pared, que prácticamente la ocupaba toda. Una grilla que representaba los horarios y duración de cada noticia según su planograma. Estaba llena de post-it coloreados con una o dos palabras escritas con lápiz. Los rosas eran accidentes, los amarillos eventos políticos, los verdes logros a destacar, los azules batallas, finalmente los naranjas, que eran los menos, con noticias de la Colonia del Tercio y Terol, de Pozuelo y de Barajas. Unas muy pocas, azul claro sobre Arganzuela, distrito que le sacaba el sueño al gobierno. Al costado del cuadro de programación, una especie de mapa mental con el lineamiento general de las noticias. Hilos de colores diferentes unían parte del mapa mental con la grilla. Más que una grilla de programación parecía una estrategia de comunicación letal para cualquier oponente y fuente de inspiración para los propios. Para los ojos, resultaba una pieza con cierta belleza contemporánea. 

El resto de la oficina era absolutamente blanca, y despojada de todo objeto, ni una foto familiar, ni una taza de café personalizada o plantita que recuerde la vida dinámica. Solo el escritorio, simple, y una silla giratoria. Bajo el cristal del escritorio, un mapa, esta vez, político gigante de Madrid, coloreado en pasteles según los distritos.

Mas me acercaba a esa mente, y mas intrigado estaba. Confieso que me sentí seducido por la claridad mental que parecía se reflejaba en los mapas. 

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