Compañera de cuarto / Deep Madrid 68/82

Cuando llegué por primera vez al Campus, tuve la suerte de tener, como compañera de cuarto de la universidad, a una brigadista muy simpática. Ella me llevó a hacer algunos viajes increíbles. Fuimos al mercado local de agricultores de Carabanchel, donde estaba dispuesta a poner sus brazos para defenderme de la multitud. Viajamos al sur en un avión privado desde Barajas. Barajas, por Dios, que pasada de distrito, y que decir de las playas que visitamos, bellas y desiertas. Fuimos a Lisboa. ¡Qué viajes aquellos!

La mañana del lunes, cuando recién llegaba de mi casa, sin despertarla, le dejé el sobre con la mensualidad y un extra para los gastos que tuviera. Hay que cuidar a nuestros brigadistas, al menos eso me enseñaron, mis padres, desde chica. Me fui rápido porque tenía clase de Gestión de Marca y me tocaba exponer y estaba entusiasmada con mi propuesta.

Cuando regresé al cuarto a darme una ducha refrescante y prepararme para las clases de la tarde, vi que mi compañera, todavía estaba durmiendo. Algo completamente inusual. Quizás estuviera enferma. Traté de no hacer ruido y me fui para la biblioteca, que tenía que devolver los libros de la mañana.

Llegué tarde esa noche, luego de la clase, fuimos de tapeo y nos quedamos entretenidos. Mi compañera seguía descansando, me acerqué despacio y comprobé si tenía fiebre o algo. Al inclinarme, siento una mano que me aprieta la garganta hasta inmovilizarme. Me sentí la más tonta de todas. Le expliqué que me había acercado, para comprobar que estuviera bien, le pedí disculpas. Mi compañera no dijo nada, me soltó, me dio la espalda y siguió durmiendo. El cuello me siguió doliendo un rato largo, a las marcas, por la mañana, las tapé con un pañuelo al tono de la chaqueta.

En ese estado estuvo varios días. Me resultaba incómodo estar en mi cuarto para estudiar, cambiarme o dormir, me mudé, temporalmente, al cuarto de al lado que estaba vacío.

No es que estuviera intrigada, pero sí, a lo mejor sí estaba intrigada. Sí. Sí. Muy intrigada. No era algo que fuera a comentar con nadie, ni siquiera con mis padres. No estaba bien visto cotillear sobre hábitos ajenos, y menos cuando eran brigadistas.

Al mudarme dejé de tener excusas para entrar a mi antiguo cuarto. Con el tiempo dejé de preguntarme que era de mi compañera. Por las dudas, le seguía dejando un sobre con la mensualidad para sus gastos.

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