Sumo sacerdote / Deep Madrid 77/82

Nos vimos por primera vez en un encuentro eclesiástico, cuando el hombre que había estado tomando las fotos, luego supimos que era el Padre Pascual, empezó a los gritos, a gesticular exageradamente, se puso rojo, sudado y se desmayó, tuvimos que asistirlo entre los dos.

Con el tiempo también nos enteramos de que era el mismo sacerdote local que había estado a cargo de organizar el servicio dominical durante los años anteriores a mi llegada al barrio. El hombre, que era oriundo del lugar, acababa de completar una misión, de dos años, en Roma. Estuvo en busca de los documentos del acuerdo firmado entre un grupo de las máximas autoridades de los países más importantes del mundo y las grandes fortunas globales con el apoyo de la iglesia.

El hombre que había estado tratando de encontrar esta documentación, ahora por fin, solo tenía que traducirlo al español para poderlo desenmascarar y difundir. El hombre, la leyenda, el sumo sacerdote, encontró varios capítulos y tuvo que venir escondido en un charter para entregar el primer borrador de la traducción. En el encuentro episcopal, comenzó a documentar tomando fotos como complemento a lo que había descubierto. Simplemente se detuvo y comenzó a gritar. Los gritos, el desmayo, fueron las primeras cosas que le sucedió. 

Este sacerdote había estado trabajando solo, en una oficina abandonada en el Vaticano. Ignorado. Odiado. Vapuleado. Encerrado. Aislado. Olvidado. Recuperado. Y ahora Prohibido.

Desde ese momento en el encuentro, la vigilancia del gobierno sobre nosotros se hizo sofocante. Ese hombre increíble, ese guía espiritual nos selló en respeto, amistad e ideales. Estuvo poco tiempo con nosotros, su muerte por envenenamiento era previsible. Estaba cercado. Logramos esconder su legado junto a las fotos que tomó durante el encuentro. Ambas relacionadas políticamente. Eran el augurio de la encerrona al que íbamos a estar sometidos por el gobierno del nuevo orden en alianza con el grupo en asenso del Vaticano y las grandes fortunas.

Todo estaba previsto, alcanzamos a leerlo, a copiarlo y distribuirlo, antes de que sucediera la cadena de hechos que nos llevaría a la desfragmentación. Apenas pudimos armar un pequeño grupo de resistencia, la semilla que alcanzó para mantener un mínimo de garantías en regiones delimitadas. 

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